Una educación que forme ciudadanos
participativos y solidarios, que utilicen críticamente las nuevas tecnologías,
ayudará a la construcción de una sociedad más justa, humana y sin
exclusiones.
Daniel Filmus- sociólogo especializado
en educación. Director de FLACSO Argentina.
Pronosticar que en las próximas décadas los
medios de comunicación audiovisual, las computadoras y las redes informáticas
como internet reemplazarán a escuelas y maestros, se ha convertido en un lugar
común entre “futurologos” encandilados por las nuevas tecnologías. Las
visiones más apocalípticas han comenzado a apostar acerca de la fecha precisa
de la extinción de estos “dinosaurios” de la
modernidad. El aluvión de publicidad informática ha colocado a la
defensiva a quienes nos dedicamos a la educación escolar.¿Qué haremos cuando
las máquinas ocupen nuestro lugar?.
Al contrario de lo que plantean estas
perspectivas , nunca como ahora la función de la escuela y los maestros ha
resultado más imprescindible para la formación integral de los futuros
ciudadanos y trabajadores. La irrupción de las nuevas tecnologías plantea el
desafío de transformar el papel de la escuela y los maestros, pero de ninguna
manera significa su desaparición.
En un articulo reciente, Umberto Eco nos brinda
un excelente ejemplo de la vigencia y a la vez de la necesidad de transformar la
labor de los educadores. El autor italiano nos advierte que, si para
beneficiarnos, alguien nos ofrece regalar un billón de dólares con la condición
de que para gastarlos debemos previamente contarlos de a uno, lo más
inteligente que podemos hacer es devolverlos. El trabajo de contarlos uno por
uno nos llevaría más de 31 años y si pretendemos comer y dormir, cerca de 63
años. La figura es útil para entender qué es lo que ocurre con los niños y jóvenes
cuando se enfrenta al billón de informaciones que contienen la memoria de la
computadora o las páginas de internet. Al igual que en el caso de los dólares
la información acumulada de esta manera es inutilizable. Para que alguien pueda
usar esta información, la escuela debió enseñarle previamente a
seleccionarla, clasificarla, decodificarla y poder realizar una lectura crítica
de ella. Más aún : la escuela debe brindarle las competencias para convertirse
también en un productor de información, que él ,mismo pueda luego colocar a
disposición de los demás. De esta manera, la función de la escuela se
transforma. Su papel principal ya no está, como hasta ahora, en colocar en la
memoria del niño fechas, datos, fórmulas. De todas formas no podría competir
con la memoria y la información que poseen las PC.
Autopistas
y senderos:
Pero la utilización de estas nuevas herramientas para el aprendizaje exige haber adquirido saberes y competencias previas. El desafío actual de la escuela es desarrollar en todos los niños y jóvenes estos conocimientos. Sólo la escuela puede democratizar las competencias que se requieren para lograr el dominio de las nuevas tecnologías y evitar su utilización sea patrimonio de una elite.
Pero la vigencia de la escuela no sólo se
proyecta hacia el futuro a partir de los contenidos que ella transmite, sino
también a través de su papel socializador, de
formación en valores y de lo que en ella se aprende y se vive. Quienes
imaginan que la escuela es reemplazable por autopistas informáticas
precisamente confunden a la escuela con eso: con una autopista. Como describe
Milan Kundera en su libro La inmortalidad, en las autopistas sólo importa cómo
se sale y como se entra . Son iguales en todas partes partes del mundo y el
objetivo es transitarlas rápido. Nada de lo que ocurre dentro de ellas es
importante. Las escuelas, en cambio, se asemejan mucho más a los senderos , a
los caminos, en lo s que no sólo es importante adonde se quiere llegar sino el
trayecto mismo. En los senderos, es tan trascendente el destino al que se
pretende arribar como lo que se conoce, lo que se crea al andar Es necesario
destacar que una buena parte de los aprendizajes que ocurren en la escuela no se
transmiten en una sola dirección. Se producen por el intercambio entre maestros
y alumnos. Por ejemplo, por la posibilidad de escuchar y debatir con
perspectivas sociales e ideológicas diferentes y contrastarlas con las propias.
También por la posibilidad de aprender valores y actitudes democráticas en el
único clima posible: la diversidad, la tolerancia y el respeto por el otro. Es
así como, para quienes conciben escuelas autopista las instituciones educativas
son fácilmente sustituibles por sistemas de educación a distancia. Para
quienes conciben que las escuelas son senderos que valen la pena ser
transmitidos y para quienes creen que esas vivencias se transforman en
sensaciones, valores y aprendizajes imprescindibles para la vida futura, la
experiencia escolar resulta irremplazable.
Pero los actores educativos no somos meros
espectadores del futuro de la escuela. El mayor favor que las autoridades, los
docentes y los padres podemos hacer a quienes predicen el fin de la escuela es
quedar atrapados por el miedo a las nuevas tecnologías y tratar de mantener la
educación inmutable frente a las transformaciones que ocurren en la sociedad.
Su pérdida de vigencia y utilidad contribuirán a su desaparición o a su
vaciamiento y transformación en guarderías. Enfatizar el papel de la escuela
en función de la formación de ciudadanos solidarios y en la construcción de
saberes y competencias para utilizar , dominar y tener una mirada crítica
respecto de las formas de incorporación de las nuevas tecnologías informáticas,
no sólo garantizará la presencia
sustantiva de la escuela en el mundo que viene. También será un gran aporte a
la construcción de una sociedad más justa, humana y sin exclusiones, donde los
beneficios que produzcan los avances científico - tecnológicos se coloquen al
servicio de todos los ciudadanos.
CLARÍN
–Miéroles 24 DE MAYO DE 2000
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